No me lo pedirás dos veces.



Gran Bretaña, 1919.


— Bésame. —susurró Daphne con los labios húmedos.  
Una cortina de humo espeso era lo único que los separaba y, sin embargo, lo sentía muy lejos. Como si la hubiese abandonado. Dio un paso más y atravesó la neblina. Un par de ojos familiares la observaban sin reparo. Había olvidado a qué sabía la sensación en el pecho cuando la miraba. Había olvidado incluso el verdadero color de sus ojos, se habían tornado oscuros y hostiles con el tiempo. 

Tragó saliva y dio un último paso, el que necesitaba para que ambos cuerpos tropezasen. La fina seda de su vestido púrpura chocó contra los botones de su camisa. Sus dedos delgados le acariciaron el pecho, él permanecía ajeno a la situación, impasible. ¿Dónde quedó la pasión de la que tanto disfrutaron durante sus primeros años de matrimonio?  
— La guerra cambia a los hombres, señora Wood. —recordó escuchar de unos labios cuyo dueño había olvidado.  
— Es cierto —admitió ella con una sonrisa cordial —, pero él es fuerte. Sobrevivirá a las penumbras de la guerra.  
— Pase lo que pase —la advirtió con amabilidad—, no pierda la fe en su marido, señora Wood. Durante los primeros meses después de la guerra, los muertos pesarán sobre sus hombros, la pólvora eclipsará sus sentidos y, desgraciadamente, la locura hablará por él.  
Daphne no quiso escuchar más y se marchó corriendo, a sabiendas de que estaba en lo cierto. No pudo asumirlo hasta que no lo tuvo enfrente y vio con sus propios ojos como el cuerpo de su marido vagaba por la casa, vacío, en completo silencio con la guerra todavía en las venas y los fantasmas de los caídos en la cabeza.  
— He dicho que me beses. —dijo entre dientes, los ojos vidriosos y el rostro enrojecido de la impotencia.  
Llena de ira por no perturbar la postura de su marido, comenzó a pegarle. Le asestaba golpes débiles en el pecho mientras lloraba desconsolada. Gritaba, pataleaba y él no hizo nada. Dejó que el cigarrillo se le consumiera entre los dedos. La ceniza se desprendió sobre la alfombra. 

"Dios, eres tan guapa", pensaba él bajito, con miedo a que alguien lo escuchara. Sus demonios lo acechaban y le aterraba la idea de que pudieran alcanzarla. La única forma de alejarlos era el silencio, por mucho que le costara. Reprimió el impulso de recogerle el rostro redondo entre las manos, sentir de nuevo la calidez de su piel tersa y joven y besarla, besarla hasta dejarla sin aire. 

La añoraba. 

Vivían en la misma casa pero no en el mismo mundo. Daphne seguía amarrada a la realidad mientras que él ya la abandonó hacía un tiempo. Se dejó llevar por las tormentas de la guerra y quedó náufrago en su propia cabeza, encerrado en una cárcel sin barrotes de la que no podía escapar. Si pudiera acallar los lamentos y disparos que lo acechaban a media noche, daría lo que fuera por volver a ver aquella sonrisa en sus ojos pardos, la felicidad emanando por sus poros. Si pudiera, si realmente fuera capaz, la cogería de la mano y huirían de allí, hasta encontrar la paz de un lugar tranquilo, lejos del olor a aceite usado que desprendía la ciudad. Si pudiera, se desharía del opio que le nublaba los sentidos cada noche y que lo hacía desaparecer poco a poco hasta caer dormido.  

Pero no podía. Y ella intentaba devolverlo a la vida besando sus labios inertes, unos que habían olvidado el arte de amar. 

"Te quiero, Daphne, te quiero de verdad. Pero he hecho cosas malas de las que jamás me sentiré orgulloso. No olvidaré el llanto de los heridos en batalla, ni los ojos de aquellos hombres que, a punto de morir, rezaban por sus hijos y sus esposas. Yo podría haber sido uno de ellos, podría haber muerto allí. Pero tu recuerdo me mantuvo con vida. En aquel territorio hostil miraba al cielo y pensaba: volveré, Daphne. Sé que me has esperado fielmente durante todo este tiempo. Lo que no sabes es que tu hombre sigue en las trincheras y que lo que estás viendo es el reflejo de lo que un día fue, de lo que un día fui. No te pediré que te quedes al lado de un alma en pena, la locura me está devorando y un año no basta para olvidarme de las atrocidades que cometí. Solo te pido, con Dios de testigo, que no pierdas la fe en mí. Algún día volveré habiéndome quitado los demonios de encima y te prometo, Daphne Wood, que no hará falta que me lo pidas dos veces."

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