El cadáver y el niño de papá.



— Soy fugitiva de un delito que no he cometido. 
Nick se queda perplejo, y no me sorprende. Llevo toda la noche sopesando las palabras, e imaginándome de todas las formas posibles su reacción. Lo que sí me molesta, sin embargo, es la actitud condescendiente que ha adoptado en menos tiempo del que me esperaba. Parece como si hubiéramos vuelto al principio, cuando me recogió en la carretera. 
— Eres... eres... ¡Joder, eres una criminal! —exclama llevándose las manos a la cabeza. Yo chisto, temiendo que alguien, de una habitación cercana, nos escuche. 
— Y tú un puto niñato de diecisiete años que no tiene ni idea de la vida. —le suelto. Quizá no era necesario, pero su gesto me obliga a decírselo. Nick me mira con los ojos muy abiertos, nunca antes había conseguido enfadarme tanto. 
— Lo... Lo siento, de veras. No quería decir eso. —se lamenta rápidamente y agacha la cabeza. Me dan ganas de estampársela contra el espejo. No lo hago, me contengo. Al fin y al cabo, él me ha ayudado hasta ahora sin rechistar. 
Paseo por la habitación con los brazos en jarra. La moqueta está sucia, a saber hace cuánto que no la lavan. Me distraigo mirando las manchas que se extienden por toda la superficie. Nick, mientras tanto, me mira fijamente. Una vez más, me observa. He terminado acostumbrándome 
— ¿Quién fue, entonces? —pregunta con un hilo de voz. Ya no me mira por encima del hombro, aun así se mantiene distante. 
— Me tendieron una trampa. —digo por primera vez en voz alta, y hago una mueca. Suena a excusa barata, de esas que le contabas a tu profesor cuando se te había olvidado hacer los deberes. Me muerdo el labio y le miro. Está con los codos hincados en las rodillas, sentado en la cama, y con la cabeza gacha. No me cree y no sabe cómo disimularlo. 
— ¿Una trampa? 
Sí, una trampa. Un maldito juego que me ha llevado a la ruina. 
Asiento con la cabeza. Intento mantener el tipo, pero el impulso de zarandearle como a un muñeco para hacer que espabile sigue presente en mi cabeza. Decido parar de dar vueltas, me duelen los pies. Me siento en el diván junto a la ventana. Las cortinas me rozan los brazos y siento un escalofrío. Están tan sucias como el resto de la habitación. Frente a mí, un espejo que me devuelve el peor de mis reflejos. Tengo los pómulos tan marcados y huesudos que parezco un cadáver.
Nick se levanta. Yo me tenso. A veces, no sé por donde coger a este chaval. 
— Yo... —se frota el brazo mientras tartamudea. Me temo que sé lo que va a decir—. Lo lamento pero...
Pero no soy quien pensabas que era. Porque no es lo mismo recoger a una chica en la carretera que solo quiere llegar a su casa que a una criminal que huye de la policía. 
Me levanto. No sé muy bien que hacer, pero él tampoco. Le observo. Está nervioso. 
— Ha sido un placer conocerte, de verdad. 
No seas un capullo integral y déjate de rodeos. 
Ruedo los ojos. Un gesto que me sale del alma y que él interpreta de una forma distinta. Cree que voy a echarme a llorar, que le imploraré que no me deje. 
Cariño, no serías ni el primero ni el último que lo hará. 
Se arrima. Da pasos lentos. Las luces amarillentas le hacen tener el pelo verde. Su cara de niño bueno aparece, y empiezo a temerme lo peor. 
Apenas a unos centímetros de mí. Yo no tengo sitio para apartarme. Nuestros alientos se entremezclan. No sé cuál de los dos está más nervioso. 
Me acaricia el brazo con la yema de los dedos. Están magullados y débiles, repasa cada moratón con delicadeza. Le miro. Desde tan cerca, sus ojos son como la cara contraria de un disco. Parece que cambian de color con cada parpadeo. Para mi sorpresa, empiezo a pensar cómo habrá acabado un chaval tan joven en la carretera. Con su polo y sus pecas de niño de papá. Me aflora la curiosidad en el pecho. 
He acabado yéndome del tema, ajena a la realidad, y para cuando me doy cuenta, tengo a Nick encima de mí con sus labios amenazando un beso. 
Le aparto de un empujón que por poco lo desestabiliza. Pues no estaban tan débiles como yo me pensaba. Él me mira desconcertado, eso me pone más furiosa. 
— ¿Qué coño haces? —le grito. Parece asustado. Se le tiñen las mejillas de rojo. 
— Estaba despidiéndome. 
Me río a carcajadas, sujetándome la barriga. Él se asusta más. No está acostumbrado a mis cambios de humor. 
— ¿Te despides así de todo el mundo? ¿Haces lo mismo con tu madre? —pregunto. 
Él se encoge de hombros y aparta la mirada. Como si fuera un perro, mete el rabo entre las piernas y se da la vuelta. 
— Nick—se detiene. Tarda en girarse pero lo hace—, no es por ti. 
Asiente con la cabeza. "Menuda excusa de mierda", estará pensando. 
— Es solo que... me gustan las mujeres. —le suelto, repitiendo su gesto de encoger los hombros—. Y tú no eres precisamente una mujer. 

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